Archivos Mensuales: julio 2014

GUITARRAS HUERAS

Podredumbre me rodea,

siento el bufido fétido de una fiera

desgarrando con sus fauces infectas

mi ilusión de ser guerrera.

De superar con récords esta vida de mierda,

el querer y no querer llegar a vieja,

el enterrarme en mi jardín verde de hierba

y soñar que soy de agua y de madera

como un árbol rodeado de tristeza

enraizando injertado entre mis venas.

Quiero querer ser fuerte como tú, entera,

de una sola pieza forjada, nada de muescas,

mas soy endeble como una guitarra de tela,

rasgada sin rasguear las cuerdas huecas,

amarga como el tequila que apuró Chavela.

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NO HAY MÁS LEÑA QUE LA QUE ARDE

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Te rompo el alma, que es la mía,
periódicamente, y me río
lanzándome a la deriva sin salida
de una vida que gozo colgando en vilo.

Selva que por mí respiras,
hojas que de verde me tatuáis la sangre,
muertos yacéis bajo mi ira
y ni lágrimas lloro para lavarme.

El pecado de prender siempre la pira
es un oscuro deseo cobarde
que vomito en negro, en humo, en tripas,
que desuella párpados en vinagre.

Y así sufre el monte mi malicia,
penuria de futuro ajado en mil partes,
lo que era brote y asomó ceniza
que ya ni vuela ni asciende por los aires.

Qué vergüenza que no tenga Galicia
más bosque que el que arde.

EL MISMO SEGUNDO

En ese mismo segundo
en el que para mí la vida es anodina
o ni siquiera recuerdo
en qué mierda pensaba
o qué sentimientos experimentaba mi espíritu,
cuánta gente comienza a respirar
abriendo sus pulmones vírgenes,
exhala el último aliento como el cisne interpreta
su más bello y triste canto.

Tal vez es un proyecto
el que surge de las profundidades
de una voluntad férrea
o voluble o inquieta,
que determinará su victoria
o fracaso o reconversión
como una estrella fugaz
o pertinaz
o solo mortal.

Las permutaciones vivibles
son seguramente infinitas,
pero mi caletre no alcanza
a procesarlas en conjunto,
como tormenta en armónico e irregular chaparrón,
sino una a una, gota a gota sucesivas,
como nos llueve encima sin pausa,
bajo el árbol que guarece.

Cuando no comprendo nada,
prefiero esconderme
de mi sombra
en mi propio bolsillo
y hacerme reversible sin saber jamás
cuál es la piel verdadera
y cuál el relleno vacío.

Cuando subo hasta la copa
del carvallo sagrado de mi infancia
en escalera de mano,
me agarro a sus peldaños labrados por mi abuelo,
y entonces sí disfruto de mi doble yo,
allí, funámbulo en el trapecio de la vida.
Lo malo es que no puedo leer la página
que nunca llegué a escribir.